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Detrás del hermoso paisaje, a lo lejos, se escuchan las voces de varias niñas jugando con muñecas; se oye una bachata; a un padre de familia compartiendo con sus hijos; si prestamos más atención escuchamos algunos susurros en creole.
La curiosidad nos mata, queremos ver eso que oímos, pero cuando nos acercamos nos percatamos de que algo anda mal… Esas niñas juegan con una escoba que hace las veces de muñeca, esos susurros en creole son cánticos y lagrimas de un señor. Crees ver un manantial pero te das cuenta que es agua posada, criadero de un centenar de mosquitos.
La vida en este lugar no es como la conoces y nunca habías visto a estas personas, ni sus pies, no sabías que se podía andar descalza
De repente, todo te dejó de importar, no querías cable, ni un computador. Te entró un súbito deseo de desprenderte de tu cofre de oro y plata, querías vender tu carro, y todos tus abrigos.
Viste y te vieron con sorpresa; te detuviste. Con la amabilidad que caracteriza la hermandad, con una mano, te invitan adentro, te ofrecen un jugo, y unas cuantas masitas. Tú, con cierta vergüenza la rechazas, pero al ver la cara de desconcierto de tu anfitrión aceptas con gusto.
Mientras ríes y cantas un bolero de Juan Luis, viste que el reloj marcó las 5:30, el tiempo se había agotado y con lágrimas le prometes a esos extraños otra visita.
Caminaste unas cuantas millas, y cuando estuviste un poco retirada, te diste la vuelta para tratar de ver a tus nuevos amigos, sin embargo, no podías ver nada. Todos esos rostros desvanecieron y solo quedó la franja azul del horizonte, que lloraba desconsoladamente su pérdida.
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